“Hola, ¿qué tal te ha ido?, -llegó tan contento el soldado- aquí traigo agua, pan y queso, quizás tengas sed…, llevas todo el día aquí con ese aparatejo!. Bueno, me gusta este lugar, es muy agradable la vista de la pradera que empieza a verdear, los árboles al fondo, el sonido de los pájaros…,-le contesté yo, un poco por justificar el que no le hubiera acompañado, pero también porque realmente se estaba muy bien ahí-. A mí también me sorprendió este lugar cuando lo vi por primera vez, bueno por segunda, la primera vez, como te conté era un lugar inhóspito…La segunda se parecía más a lo que ves ahora. La verdad es que parece mentira el poder que ejerce el paisaje sobre los hombres, nos sentimos de forma diferente si estamos en un lugar o en otro, si hace frío o calor, si los árboles tienen hojas o si no hay más que desierto a nuestro alrededor, ahora lo entenderás mejor, déjame que continúe con mi historia…
Al año siguiente, comenzó la guerra del catorce en la que estuve cinco años. Un soldado de infantería no podía ni siquiera pensar en los árboles. A decir verdad, aquel asunto no me había impresionado: lo consideré como un juguete, como una colección de sellos, y lo olvidé.
Volví de la guerra, y me encontré con una pequeña pensión de desmovilización y con unos inmensos deseos de respirar un poco de aire puro. Fue así como, sin pensarlo, volví a tomar el camino de las comarcas desiertas.
El país no había cambiado. Sin embargo más allá del pueblecito muerto, vislumbré a lo lejos una niebla gris que tapaba las cumbres como si fuese un tapiz. Ya desde el día anterior había vuelto a pensar en el pastor que sembraba árboles. “Diez mil robles, dije para mí, ocupan verdaderamente mucho espacio”.
Había visto morir a tanta gente en cinco años que no me fue difícil imaginar que Elzéard Bouffier hubiese muerto, además de que a los veinte años uno ve a los hombres de cincuenta como unos ancianos a los que no les queda ya nada más que morir. No había muerto. Estaba de veras vivo. Había cambiado de oficio. Ya no tenía más que cuatro ovejas, pero a cambio tenía cien colmenas. Se deshizo de los corderos porque hacían peligrar sus plantaciones de arbolitos. Me dijo (y lo comprobé) que no le había hecho caso alguno a la guerra. Había seguido plantando sin distracción.
Los robles de 1910 tenían ahora diez años y eran más altos que yo y que él. El espectáculo era impresionante. Quedé literalmente sin palabras y, como él no hablaba, pasamos todo el día caminando por su bosque. Tenía, en tres parcelas, once kilómetros de largo y tres en la parte más ancha. Cuando uno se acuerda que todo esto había salido de las manos y del alma de este hombre sin medios técnicos comprendía que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en tareas distintas a las de destruir.
Archive for the ‘El hombre que plantaba árboles II’ Category
Lucila descubre el paisaje
Lunes, Marzo 1st, 2010Continuación
Lunes, Marzo 1st, 2010Había seguido con su idea, y las hayas que me llegaban al hombro, extendidas hasta donde llega la vista, lo atestiguaban. Los robles eran robustos y habían pasado de la edad en la que están a merced de los ratones; si la misma Providencia quisiera destruir lo ya hecho, tendría que echar mano de los ciclones. Me mostró orgulloso bosquetes de abedules que tenían cinco años, eso quiere decir de 1915, de la época en la que yo estaba peleando en Verdún. Los había colocado en las hondonadas donde sospechaba, con toda la razón, que había humedad cerca de la superficie del suelo. Los abedules estaban tan hermosos como muchachas en flor y crecían valientes. El trabajo realizado parecía funcionar como una reacción en cadena. Él no se alteraba; seguía tenazmente con su tarea, nada más. Bajando hacia la aldea, vi como el agua corría por los arroyos que, hace mucho tiempo, estaban secos.
Esta fue la consecuencia más importante que vi de su trabajo. Estos arroyos secos, antiguamente, iban rebosantes de agua. Muchos de los pueblos entristecidos, antes mencionados, estaban edificados sobre las ruinas de antiguas villas galo-romanas, de las que todavía se ven las señales. Los arqueólogos en sus excavaciones encontraron varios anzuelos, en un lugar en el que a principios del siglo veinte eran necesarias cisternas para poder disponer de un poco de agua.
El viento diseminó las semillas. Y al mismo tiempo en que reapareció el agua, volvieron los sauces, las mimbreras, los prados, los jardines, las flores y la esperanza de la vida.
Pero el cambio se iba haciendo de manera tan imperceptible que todo era natural, sin sobresaltos. Los cazadores que subían a aquellos páramos persiguiendo liebres o jabalíes se iban dando cuenta de que los árboles brotaban, pero lo achacaban a la propia naturaleza. Así sucedió que nadie perturbó el trabajo de este hombre.
Lo más probable es que si alguien lo hubiera sabido, hubiesen ido en contra de su labor. Pero, ¿quién se iba imaginar, en las aldeas o en las administraciones, una constancia y una generosidad parecidas?