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Lucila y el hombre que plantaba árboles

Lunes, Enero 11th, 2010

Lo primero que observa al despertar es que el cielo parece más claro, es sólo una vaga impresión, la intuición de algo que no encaja. Una extraña figura se acerca por un camino que juraría que antes no estaba ahí.
–Buenas tardes, dice Lucila educadamente, cerrando la tapa de su ordenador.
Hola, no te había visto antes por aquí, y llevo un rato paseando…
–La verdad es que me había dormido, eso creo…, es que tengo que hacer un trabajo sobre los chopos, y para librarme de quitar la mesa me he venido aquí, a echar la siesta y de paso a estudiar un poco aprovechando que hasta aquí llega la wifi del ayuntamiento.
–¿La quéeee?
–Si hombre, la wifi, para Internet, para el ordenador. — decía levantando al aire su nuevo y flamante miniportátil.
–Lo del wifi y el Internet, no tengo ni idea, pero eso es una máquina de escribir pequeñita, la verdad es que nunca había visto una igual, ¿y por dónde sale el papel?
–Que no, que es otra cosa, es un ordenador, aquí te conectas con muchos otros ordenadores de todo el mundo y puedes conseguir información, hablar con otras personas…en fin, tiene muchas posibilidades, dice mi tutor. Yo, de momento, lo que tengo que hacer con él son unas actividades para conocer mejor los árboles.
–Pues no te entiendo muy bien, la verdad, eres una niña extraña…, pero te diré algo, no creo que a través de ese cacharro se puedan conocer mucho a los árboles, y no me parece que, por muchas posibilidades que tenga, se pueda hacer algo de provecho con él. Aunque si realmente quieres conocer los árboles y lo que puede hacer una sóla persona con su determinación y voluntad, por ellos, te contaré una historia…
–Espera, espera, ¿puedo copiarlo en el ordenador?, seguro que el profesor me pone un diez…
–Sí, sí, escríbelo, creo que es una historia que merece la pena que quede registrada, que alguien alguna vez pueda aprender algo de ella…

Hace alrededor de cuarenta años estaba dando un largo paseo por unos montes totalmente desconocidos por los turistas, en esa vieja región de los Alpes que se adentra en la Provenza.

(Nota: la primera parte, en azul y cursiva es un texto ajeno al cuento original escrito por Jea Giono en 1953.  Hemos dividido en 4 partes el cuento, tantas como bloques o etapas tiene este juego. En cada etapa se introducirá la parte correspondiente de la novela corta de Giono con un texto de Lucila y el narrador. Podéis leer estos textos en pantalla, para ello hemos dividido esta primera parte en varios fragmentos,  (continua aquí) o  descargarlos aquí: Texto completo,  “El hombre que plantaba árboles”)


El hombre que plantaba árboles (continuación I)

Domingo, Enero 10th, 2010

Esta región está delimitada al sureste y al sur por el curso medio del río Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte con el curso alto del río Drome, desde su  nacimiento hasta Die; al oeste con la llanura de Comtat Venaissin y las estribaciones del Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del departamento de los Bajos Alpes, al sur de la Drôme, y un pequeño enclave de Vaucluse.

Cuando comencé mi largo paseo todo era un paisaje desértico, landas desnudas y monótonas. Hacia 1.200 o 1.300 metros de altitud no crecían más que lavandas silvestres.

Crucé el país por su parte más larga, y después de tres días de camino me encontré en medio de la mayor de las desolaciones. Acampé al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. No había encontrado agua desde el día anterior y me hacía falta encontrarla. Aquellas casas apiñadas, aunque en ruina, que parecían un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que debió haber, hace mucho tiempo, una fuente y un pozo artesiano. Y allí estaba la fuente, pero seca. Las cinco o seis casitas, sin tejado, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario desmoronándose. Estaban allí como están las casas en los pueblos habitados, pero toda la vida había desaparecido.

Era un hermoso día de Junio y lucía un enorme sol, más por encima de estas tierras desnudas y altas en el cielo, el viento soplaba con una furia salvaje. Los ruidos en las casas esqueléticas semejaban a los de un  león interrumpido en mitad de su comida.

Necesitaba levantar el campamento, después de cinco horas de camino no había encontrado agua todavía, y no había ningún indicio de ir a encontrarla. Por todas partes la misma sequedad, los mismos hierbajos secos. A lo lejos, me pareció vislumbrar una pequeña silueta oscura, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. A toda prisa me dirigí hacia allí. Era un pastor. Treinta ovejas acostadas encima de la tierra caliente reposaban a su lado.

(Texto completo,  “El hombre que plantaba árboles”)

El hombre que plantaba árboles (continuación II)

Sábado, Enero 9th, 2010

Me dio a beber de su calabaza y, un poco más tarde, me llevó a su cabaña, en una ondulación de la llanura. Sacaba el agua -excelente- de un agujero natural, muy profundo, encima del cual había instalado un rudimentario torno. Este hombre era de pocas palabras. Es la costumbre de los solitarios, pero lo noté seguro de sí mismo y confiado. Era algo sorprendente en este país desposeído de todo. No vivía en una choza, lo hacía en una casa de piedra, donde se veía claramente cómo con su esfuerzo fue reparando la ruina que se encontró al llegar. El tejado era sólido y sin goteras. El viento hacía el mismo ruido que hace la mar en las playas. Su casa estaba muy arreglada, los platos limpios, el suelo de madera barrido, su fusil engrasado, la sopa hervía en el fuego. Me di cuenta entoncesde que también estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos, que su ropa estaba repasada con tanta minuciosidad que los remiendos eran imperceptibles.

Compartió su sopa conmigo y, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no era fumador. Su perro, silencioso como él, era amistoso pero sin llegar a ser servil.

Parecía claro que iba a pasar la noche allí. El pueblo más cercano estaba todavía a una jornada y media de camino. Además, conocía perfectamente el particular carácter de los pueblos de esta región. Había cuatro o cinco dispersos, lejos los unos de los otros, en las faldas de aquellos montes, en los claros de los bosques

de robles albares, al final de los caminos donde pueden llegar las carretas. Donde viven los carboneros que hacen carbón de la madera. Son lugares donde la vida no es

fácil. Las familias viven apretadas unas contra otras en un clima de una dureza extrema, lo mismo en invierno que en verano, restriegan su egoísmo por entre el lodo. El continuo deseo, irracional y desmesurado, de escapar de este lugar.

(Descargar texto completo, “El hombre que plantaba árboles”)

El hombre que plantaba árboles (continuación III)

Viernes, Enero 8th, 2010

Los hombres van a llevar el carbón a la ciudad con los carros y luego vuelven. Los más sólidos espíritus se rompen en estas condiciones de vida. Las mujeres cuecen a fuego lento su odio. Por encima de todo está la rivalidad, lo mismo da que sea por la venta del carbón que por el banco de la iglesia, las virtudes se enredan con las virtudes, los vicios con los vicios, los vicios con las virtudes. Y por encima de todo, el viento que sin descanso desquicia los nervios. Los suicidios son muy frecuentes, los locos son cosa común y casi siempre son asesinos.

El pastor que no fumaba se levantó a coger un pequeño saco y esparció encima de la mesa un montón de bellotas de roble albar. Se puso a inspeccionarlas con gran cuidado, separando las buenas de las malas. Mientras tanto yo fumaba de mi pipa. Le pregunté si le podía ayudar. Me contestó que aquel era su trabajo. Entonces, viendo el cuidado que ponía no le dije nada más. Esto fue todo lo que hablamos. Cuando el montón de las buenas fue considerable, comenzó a hacer paquetes de diez. Mientras que los iba haciendo, todavía con más cuidado, iba separando las más pequeñas o las que estaban agrietadas. Cuando tuvo cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar.

Estar junto a este hombre te daba la paz. Por la mañana le pedí permiso para descansar todo el día en su casa. Lo encontró de lo más natural, o, mejor dicho, me dio la impresión de que nada de lo que yo hiciese lo iba a molestar. En realidad no era que yo necesitase un descanso, estaba muy intrigado y quería saber algo más. Hizo salir al rebaño de ovejas y las condujo hasta los pastos.

Antes de salir puso a remojar en un cubo el saco donde estaban metidas las bellotas que con tanto cuidado había escogido y contado. Me di cuenta que llevaba de bastón una barra de hierro tan grueso como el dedo pulgar y de alrededor de un metro y medio de largo. Lo seguí, haciendo como que daba un paseo por un camino paralelo al suyo. El sitio donde pastaban las ovejas era el fondo de un pequeño valle. Dejó el perro vigilando el rebaño y subió hasta el sitio donde yo estaba. Tenía miedo de que viniera a reprocharme mi entrometimiento pero no fue así: me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subió doscientos metros más arriba, hasta el alto.

Llegué al lugar donde él quería, y se puso a clava la barra de hierro en la tierra. Hacía un agujero y metía una bellota, después tapaba el agujero

(Descargar texto completo,  “El hombre que plantaba árboles”)

El hombre que plantaba árboles (continuación IV)

Miércoles, Enero 6th, 2010

Sembró los robles. Le pregunté si la tierra era suya. Me dijo que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Creía que eran tierras comunales, o a lo mejor, los dueños eran gente que no se preocupaba. A él tampoco le preocupaba conocer a los propietarios. De esta manera sembró cien bellotas con el mayor de los cuidados.

Después de comer a mediodía, volvió a seleccionar las simientes. Creo que a fuerza de insistir con mis preguntas me contestó. Llevaba tres años sembrando árboles en aquella soledad. Sembró cien mil. De los cien mil veinte mil nacieron. De los veinte mil, calculaba que se perdiesen todavía la mitad, por culpa de los ratones y porque es imposible prever lo que nos puede traer la Providencia. Iban a quedar diez mil robles albares que iban a crecer en este lugar donde antes no había nada.

Fue en este momento cuando me interesé por la edad de este hombre. Estaba bien claro que tenía más de cincuenta años. Me dijo que cincuenta y cinco. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había tenido una granja en la llanura. Allí hizo su vida. Murió su única hija. Después su mujer.

Entonces decidió retirarse a la soledad donde le tomó placer a vivir lentamente, con sus ovejas y su perro. Se dio cuenta de que el país moría porque le faltaban los árboles. Añadió que, no teniendo cosas más importantes que hacer, tenía que cambiar este estado de las cosas.

En aquel tiempo, y a pesar de mi juventud, como yo mismo estaba haciendo una vida solitaria, debería haber sabido aproximarme a otras almas solitarias. Entonces dije algo que no debía. Mi juventud me llevaba a imaginar el futuro en función de mí mismo y a una particular forma de búsqueda de la felicidad. Le dije que, en treinta años, estos diez mil robles estarían magníficos. Me respondió sencillamente, que si Dios le concedía bastante vida, en treinta años, sembraría tantos, tantos, que estos diez mil iban a parecer una gota de agua en la mar.

Mientras tanto, estaba estudiando la reproducción de las hayas y había hecho al lado de su casa un semillero donde algunas ya habían germinado. Las plantitas, resguardadas de los corderos por una valla de zarzo, estaban hermosas. Pensaba también en los abedules para las partes más bajas donde, me dijo, una cierta humedad dormía a algunos metros de la superficie del suelo.

Al día siguiente nos separamos.

(Descargar texto completo, “El hombre que plantaba árboles”)