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El hombre que plantaba árboles IV

Domingo, Mayo 2nd, 2010

-Soldado, me cuentas historias de un tiempo muy lejano, de guerras del 14, pero ¡si estamos en 2010! En este momento nuestro soldado dio un respingo: -Tú qué eres, una especie de viajera del espacio, ¿has venido en nave espacial?, ¿te estás riendo de mí?. Lucila pensó que aquél buen hombre era, lamentablemente un enfermo mental, alguien que había perdido la cabeza. Entonces el hombre sacó de su chaqueta un recorte de periódico… Lucila siguió pensando que quizá guardaba ese papel de sus abuelos…, pero algo le hacía dudar. Su obra no corrió un riesgo serio hasta la guerra de 1939. Los automóviles funcionaban ahora con gasógeno, y no había suficiente madera.
Comenzaron a cortar por los robles de 1910, pero estas zonas estaban tan lejos de todas las rutas que el negocio fue malísimo desde el punto de vista financiero. Abandonaron. El pastor no llegó a ver nada. Estaba a treinta kilómetros, continuaba apaciblemente con su trabajo, ignorando la guerra del 39 como había ignorado la guerra del 14.
Vi a Elzéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía ahora ochenta y siete años. Tomé el camino de aquel erial, pero ahora, a pesar de que la guerra había arruinado el país, un autobús hacía el trayecto entre el valle de la Durante y la montaña. Pensé que era este medio de transporte, relativamente rápido, el que me hacía irreconocibles los lugares de los viejos paseos. Me parecía también que el trayecto pasaba por parajes desconocidos. Necesité ver el nombre de un pueblo para asegurarme que estaba en la región que yo tan bien conocía, antes arruinada y triste. El autobús me dejó en Vergons.
En 1913, esta aldea de diez o doce casas tenía tres habitantes. Eran medio salvajes, se odiaban, vivían de la caza con trampas y lazos; sólo un escalón por delante del estado físico y moral de los hombres prehistóricos. Las ortigas crecían alrededor de las casas abandonadas. Habían olvidado la esperanza. No les quedaba nada más que esperar a la muerte: una situación que no predisponía precisamente a una vida virtuosa.
Todo había cambiado. El mismo aire. En lugar de los brutales vendavales que me habían recibido en otro tiempo, murmuraba suavemente una brisa cargada de fragancias. Un ruido parecido al del agua venía de las alturas: era el viento meciendo los árboles en el bosque. Por fin, la cosa más gratificante, oí el ruido del agua manando de una fuente. Habían hecho una fuente de la que brotaba agua en abundancia, y lo mejor de todo, habían plantado un tilo que debía tener cuatro años, bien robusto, símbolo verdadero de la resurrección.
Además Vergons mostraba las señales de un trabajo para el que se necesita tener mucha esperanza. La esperanza volvió. Se retiraron los escombros, se derribaron los muros desvencijados y se reconstruyeron cinco casas. La aldea tenía veinticinco habitantes de los que cuatro eran jóvenes matrimonios. Las casas nuevas, recién enjalbegadas, estaban rodeadas de huertas donde crecían mezcladas pero ordenadas, las legumbres y las flores, las coles y los rosales, los puerros y las bocas de dragón, los apios y las anémonas. Se convirtió en un pueblo donde la vida era agradable.
Desde allí, hice el resto del camino a pie. La guerra de la que salíamos no dejaba que la vida floreciese del todo, pero Lázaro había salido de la tumba. En las faldas de los montes, se veían campos de cebada y de centeno, al fondo de los estrechos valles divisé el verde de los prados.
Sólo hicieron falta ocho años para que todo el país resplandeciese de salud y de bienestar. Donde estaban las ruinas que yo había visto en 1913, se veían ahora cuidadas granjas, encaladas, que mostraban la existencia de una vida feliz y confortable. Los viejos arroyos, alimentados por las lluvias y las nieves retenidas por los bosques, fluyen sin descanso.
Se canalizaron las aguas. Al lado de cada granja, en los bosquetes de arces, el agua que desborda los vasos de las fuentes inunda los tapices de mentas frescas. Los pequeños pueblos se van reconstruyendo poco a poco. Gente que vino de las llanuras donde la tierra cuesta cara, vive ahora en el país, al que le han traído juventud, dinamismo y espíritu de aventura. En los caminos te encuentras hombres y mujeres saludables, jóvenes a los que da gusto verlos reír y que han vuelto a disfrutar de las fiestas campestres. Si se cuenta a los antiguos pobladores, irreconocibles desde que su vida cambió, y a los venidos de afuera, más de diez mil personas le deben la felicidad a Elzéard Bouffier.
Cuando reflexiono acerca de que un solo hombre, únicamente con sus recursos físicos y morales se bastó para que saliese del desierto este país de Canaan, pienso que, aunque alguno lo dude, la condición humana es admirable. Pero cuando pienso en la cantidad de constancia, en la grandeza de alma que se necesita y el derroche de generosidad necesario para alcanzar este resultado, me entra un inmenso respeto por este anciano carente de cultura que llevó a cabo una tarea digna del mismísimo Dios.
Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el hospicio de Banon.