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El hombre que plantaba árboles III

Viernes, Abril 2nd, 2010

Desde 1920, no dejé pasar un año sin ir a visitar a Elzéard Buoffier. Jamás lo vi flaquear ni dudar. ¿Solo Dios sabe si el mismo Dios lo empujaba!. Nunca se quejó. Sin embargo, uno puede imaginarse que para realizar semejante proeza fue necesario vencer a la adversidad; que para asegurar la victoria le hizo falta pelear contra la desesperación. Un año, sembró diez mil arces. Todos murieron. Al año siguiente abandonó los arces y volvió con las hayas que se dieron todavía mejor que los robles albares.

Para darse una mínima idea de lo que era este carácter extraordinario, no debemos olvidar que trabajaba en la soledad más absoluta; tan total que al final de su vida, perdió la costumbre de hablar. O ¿es posible que ya no lo considerase necesario?

En 1933 lo visitó un guardabosques despistado. El funcionario le dejó bien claro que estaba terminantemente prohibido hacer fuego en el monte, para que no peligrase el desarrollo de este monte natural. Era la primera vez, le dijo el ingenuo hombrecillo, que se veía a un bosque nacer solo. En esta época, iba a plantar las hayas a doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse el trabajo de ir y volver -ahora tenía setenta y cinco años- se propuso hacer una cabaña de piedra en el mismo lugar donde estaban sus plantaciones. La construyó al año siguiente.

En 1935, una delegación del gobierno fue a inspeccionar el “monte natural”. Fueron un

alto cargo de Aguas y Bosques, un diputado y distintos técnicos. Se dijeron muchas palabras sin ningún valor. Se decidió hacer algo y, gracias a Dios, no se hizo nada, sólo lo único que tenía sentido: el bosque fue protegido por el gobierno y se prohibió hacer carbón. Era imposible no quedar anonadado por la belleza de aquellos arbolillos jóvenes llenos de vitalidad que consiguieron enamorar al mismísimo diputado.

Un amigo mío era uno de los jefes de montes de la delegación. Le desvelé el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos juntos a encontrarnos con Elzéard Bouffier. Lo encontramos trabajando, a veinte kilómetros del lugar donde se hizo la inspección.

El jefe de montes era mi amigo por algo. Era conocedor del valor de las cosas. Supo guardar el secreto. Le ofrecí unos huevos que llevé para regalárselos. Partimos en tres trozos nuestra merienda y luego pasamos varias horas mirando el paisaje sin decir nada.

El lugar por donde fuimos estaba cubierto de árboles de seis a siete metros de altura. Me acordé de cómo era el país en 1913: el desierto… El trabajo tranquilo y continuo, el aire puro de las alturas, la prudencia en el vivir y, por encima de todo, la serenidad del alma acabaron por darle a este anciano un aire de santidad casi solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté entonces, cuántas hectáreas iba todavía a cubrir de árboles.

Antes de marchar, mi amigo le hizo apenas una pequeña sugerencia sobre algunas clases de árboles a las que les podía ir bien aquel terreno. No insistió gran cosa. “Por una buena razón, me dijo luego, este buen hombre sabe mucho más que yo”. Después de una hora de camino -la idea le había ido dando vueltas en la cabeza- me dijo: “sabe mucho más que todo el mundo. Encontró una muy buena manera de ser feliz”.

Fue gracias al jefe de montes que, no sólo el bosque, sino también la felicidad de este hombre fueron protegidos. Para ello designó tres guardabosques y los aleccionó de tal manera que resistieron a todos los vasos de vino que les ofrecieron los leñadores.

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